martes, 22 de julio de 2008


Recuperar la mitad de una vida*

Testimonio de vida de Orlando Logiurato

La historia de alguien que empezó muy temprano con el alcohol y pudo decir basta cuando entendió que no todo estaba perdido. Hoy ya recuperado, trabaja en un programa de autoayuda coordinado por la Subsecretaría de Asistencia de las Adicciones.

Orlando era un pibe más de los que concurrían al colegio San José de La Plata en los años 60. Nacido y criado en el Barrio La Loma, ya de temprano no era fácil tratar con él a pesar de contar con una familia que siempre le marcó el rumbo acertado. A los 14 era un trabajador precoz, en tiempos en que la desocupación no era todavía un índice de preocupación nacional. Empleado en el Ministerio de Educación, la vida le parecía un trámite que se hacía más fácil cuando pasaba por ventanilla a fin de mes. Sus días se completaban practicando fútbol. En Gimnasia y Esgrima, donde tenia su lugar en las inferiores del Club. Pero esta aparente normalidad un ida empezó a alterarse. Problemas con los curas que manejaban el colegio provocaron su partida antes de tiempo. Abandonó sus estudios pero no le importaba demasiado porque trabajo no le faltaba y, tal vez, hasta podría salvarse jugando a la pelota en forma profesional. Pero no imaginó que su rodilla podría traicionarlo. El Doctor Francisco Solari, médico de Gimnasia en aquel momento, le aseguró: “Si no te operas, no podés volver a jugar”. Y Orlando no se operó…

“…En aquel momento empecé a frecuentar minitas y a juntarme con pibes mas grandes que yo. Y conocí los bares y los bailes acompañado de gente que no era del barrio y que mi familia no conocía”, recuerda. Ese fue el tiempo en que Orlando empezó a sentir que no controlaba sus actos. “…A los 18, cuando uno sacaba la libreta le parecía que era el dueño del país, y arrancaba de noche para cualquier lado, boliches, cabarets y siempre con una bebida en la mano. Pero no solo de noche tomaba. En el depósito del Ministerio los camioneros que venían eran medios vagos y yo me prendía con ellos cuando salían para el bar”. Los días habían cambiado para Orlando, la escuela y el club eran solo un recuerdo.

Si alguno imaginó que con la colimba la situación iba a cambiar, se equivocó. Orlando ingresó al Regimiento 7 de La Plata, y el Capitán de Compañía que le tocó en gracia era “un cordobés que vivía borracho”, según la definición del propio Orlando. En ese contexto, su suerte no iba a mejorar. Fue su principal compañero y aliado de copas.

Su escalada con el alcohol fue tan precipitada como agitada la vida que llevaba. Su madre se ocupó de él, su padre le discutía su actitud, los médicos ensayaron medicación y tratamientos. Pero Orlando evitó todo. Se casó con su novia de Berisso y tuvo tres hijas que casi no disfrutó, porque nunca se separó de la bebida que, según como reaccionara su organismo, fue pasando de una botella de ginebra a cinco litros de vino, a quince botellas de cervezas en un día.

A partir de los treinta empezaron los problemas físicos, que iban desde trastornos digestivos, hasta un principio de cirrosis con el que se asustó lo suficiente como para dejar de tomar unos meses. “Después de un tiempo de cuidarme, el médico cometió el error de decirme que estaba mejor y cuando salí del consultorio me fuí a festejar al bar de la esquina”. A la distancia Orlando ve que su voluntad de dejar de tomar chocaba con su falta de conciencia sobre la vida que llevaba. Pidió ayuda varias veces pero nunca estuvo convencido de quererla realmente. Por eso el fracaso de los tratamientos se volvió una situación recurrente. Hasta que un ida, con cuarenta y tres años, su suerte empezó a cambiar.

Empezar de nuevo

Golpeó las puertas del Centro Asistencial de La Plata, con la excusa interna que hacía algo más por ayudarse, pero sin expectativas reales de terminar con su pesadilla. Había llegado gracias al consejo de su cuñada quien, en forma descarnada, le había dicho “si no haces algo te morís”, recuerda Orlando. Lo recibió la directora, quien termina de mostrarle con crudeza la situación: “ te das cuenta que perdiste la mitad de tu vida?”, le preguntó. Orlando lo supo más que nunca en ese momento y decidió que el resto de su vida no sería en vano.

Acompañado por su madre primero y por sus dos hijas después- se había separado de su esposa- inició el peregrinaje de un tratamiento ambulatorio en el que debía estar acompañado todo el tiempo. Con algunos traspiés que pudo sortear a fuerza de trabajo, consiguió encaminarse en la terapia y cursó más de un año en el Centro donde pudo mantener su abstinencia en la conducta y en el consumo.

Orlando había cambiado. Se fue a vivir solo y comenzó a disfrutar de sus hijas como nunca lo había hecho. Pero nunca dejó de frecuentar el Centro Asistencial porque sabía que el diploma de alta solo le servía para que los demás creyeran en su esfuerzo. Internamente había entendido que no podía dejar ni un minuto de cuidarse. Estaba tan convencido de eso que pensó en vincularse de alguna manera en la ayuda de otras personas que sufrieran la enfermedad.

Un día le ofrecieron capacitarse en la temática para poder coordinar grupos de autoayuda para adictos. Pensó que eso le permitiría devolver algo de todo lo que le habían dado los profesionales en esa casa de la calle 47. Y aceptó sin dudarlo. Al poco tiempo supo que esa elección también le permitió ayudarse a sí mismo. Cada vez que se enfrente con pibes o adultos que están bajo tratamiento se refleja, se acuerda que es un recuperado, se siente contenido. Hoy Orlando dice “al alcohol le siento respeto”. Aprendió a vivir sin probar una gota porque “una copa me mata” explica. Ahora las fiestas para él son completas, porque disfruta de la compañía de sus afectos y porque valora el contenido de una charla sin una copa de alcohol en el medio.

Volvió al Club del barrio y se encontró con amigos, con conocidos y hasta con algunos con quienes solía embriagarse antes. El miedo a la reacción de ese mundo lo desvelaba. Algunos se acercaron a felicitarlo, otros lo ignoraron y algunos lo miraron con cierto aire de desaprobación a su nueva condición. No le importó, sabían quien era quien. Tomó su gaseosa y se fue contento, feliz.

*Testimonio publicado en la revista La llave –abre una puerta a la vida- Año 1 Nº2. Julio-Agosto de 2001. Revista de la subsecretaría de Atención a las Adicciones.

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